"Hay muchas hijas que han demostrado capacidad [también belleza, gracia, y otras cualidades], pero tú... tú has ascendido por encima de todas ellas". -Proverbios 31:29-
Su figura me encontró de repente en medio de la multitud, me dijo "ven, es por aquí", e inmediatamente la seguí subiendo las espaciosas escaleras que conducían a ese mar de universos particulares. Fue impresionante ver la cantidad de personas allí reunidas, pero más impresionantes eran sus ojitos que me veían con cierta timidez. Nos sentamos juntos y, aún bajo ese sol inclemente, tener su brazo junto al mío era como estar bajo la sombra de un árbol frondoso y brisa fresca. Las horas fueron pasando mientras disfrutábamos de un buen banquete, un alimento que sólo puede ser consumido de manera intangible, pero que llena todo el ser; fue algo que ambos compartimos. Su gracia se desplegaba a lo largo del tiempo, y de los días siguientes que pasé con ella en ese lugar; lugar que aunque conocía, nunca había estado y el cual no volveré a ver de la misma manera. Si bien este no fue nuestro primer contacto, fue el más fulgurante puesto que fue a partir de allí que mis pensamientos por ella se multiplicaron como las gotas de una lluvia torrencial y pude confirmar que había algo que no podía evitar. Mis ojos han contemplado muchas damiselas, sí, y creía que habían flores hermosas, hasta que vi sus ojos y descubrí los pétalos de una flor de loto. Dos soledades que vagaban por este entrópico mundo se encontraron y vivieron tras miradas sutiles y palabras provechosas, el dulce gusto de un amor inevitable...