martes, 14 de octubre de 2014

Nocturno.

     Todo el mundo quiere un amor, pero no todos están dispuesto a sufrir por él. Y de verdad que se sufre, pero a veces es un dolor bueno. En fin, el amor es sufrido, pero cuando es verdadero, nunca falla. Cualquiera diría que poseo un vasto conocimiento sobre la materia, aunque más bien, la anchura, longitud y profundidad de mis vivencias, indican que lo que sí en verdad conozco es la sublime soledad. Al contrario de lo que mucha gente piensa, ella no es tan mala; puede ayudarte a ordenar tus ideas, afinar los pensamientos, descubrir lo que en verdad quieres, determinar tus prioridades y, sobre todo, ayudarte a convivir con el ser que, además del Creador, realmente pasará el resto de tu vida contigo, a saber, tú mismo. Y eso sí que es triste: no poder vivir en paz con la propia persona secreta de nuestro propio corazón. Por eso es que hay tanto loco "en carretera" manejando mal el vehículo de sus acciones.
     
     La noche se presta para hacer un viaje, un recorrido por todos aquellos desaciertos del tiempo, algunos fugaces, otros arraigados; para sentarse en el banco de un muelle, esperando al crucero del sueño que, siempre tarda, pero que llega fielmente. ¿Por qué debe uno quedarse mirando hacia atrás, hacia lo que alguna vez nos ha ha oprimido, cuando lo que hay hacia adelante es un gran camino que recorrer? Absurdo ser humano que, de entre todas las cosas que hay, busca en el amor la excusa perfecta para su autodestrucción.

      Ahora bien, luego de tanto tiempo sin escribir, merodeando por la vida tratando de desfragmentar el disco duro de mi cerebro desgastado, después de actualizar el sistema operativo de mi conciencia, regreso para poner, letra a letra, estos discursillos llenos de vivencias excesivamente normales.

Oh là là! La vie en la Champagne...

     Uno de tantos días, me encontraba caminando por una calle que era tristemente dulce. Las hojas secas bajo mis pies rechinaban a cada paso pues era otoño, sí, la época del año que más extraño, donde el sol se pierde, los árboles dan su espectáculo final, y nieblas espesas dan anuncio del gran frío que estaba por venir. Ya ni recuerdo cuántas veces hice esa ruta, pero ¡cuánto la disfrutaba! Sin duda era un camino que me faltaba recorrer. Quisiera volver a pasar por esos lugares, por esas calles de pavimento mojado por las frías lluvias nocturnas, donde los gatos buscaban, en su oscuridad, la oportunidad de un encuentro de amor salvaje; donde, sin pensarlo, me adentraba más en los espacios inexplorados de mi conciencia terca e ineludible. Aquel lugar... ¿Cómo olvidarlo? ¡Hasta un amor inconcluso me atormentaba! ¿Por qué no descorchar una botella de Moët & Chandon en una célebre ocasión normal? Quién sabe... Observar las burbujas recorrer la copa tiene su placer, pero no más que degustar lo mejor que ha parido La France, la champagne. En verdad, ¡Cuántas cosas buenas disfruté!